¿No ves bien? Vete al piso de arriba

vision cenital vida

Hay un momento —y casi todo el mundo lo reconoce cuando lo describo— en el que tienes la cara tan pegada al problema que ya no ves nada. Solo ves el problema. Ocupa todo el campo visual. Y cuanto más tiempo llevas mirándolo de cerca, más grande parece, y más imposible resulta encontrar la salida. Es entonces cuando alguien —un amigo, un buen lector de tu situación— te dice algo que, en el momento, suena casi a insulto: «date un paso atrás». Lo que de verdad te está pidiendo, aunque no use estas palabras, es que te subas un piso. Que busques esa visión cenital de tu vida que, desde abajo, resulta casi imposible de conseguir.

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Cuando el problema llena toda la pantalla

Recuerdo una noche de diciembre de 2010. Mi jefe acababa de llegar de Luxemburgo con una oferta sobre la mesa: traslado a una capital europea, sueldo casi el doble, beneficios en especie. Cualquier persona razonable habría dicho que sí en menos de diez segundos. Y sin embargo, mientras él me lo explicaba, yo sentía algo extraño. Una especie de ruido interior que no me dejaba escuchar bien las cifras.

El problema, tal y como yo lo veía entonces, era muy concreto: tenía miedo. Miedo a dejar una situación estable. Miedo a saltar sin red. Ese era el problema. O al menos eso creía.

Lo que no podía ver desde donde estaba parado era lo otro. Lo que estaba debajo del miedo. Que llevaba años trabajando de una manera que me había convertido en alguien con quien yo mismo tenía dificultades para convivir. Lo había dicho, torpemente, en un curso de formación cerca de Girona, meses antes: «si en mi vida privada fuese como soy en mi vida profesional, muy difícilmente tendría amigos que pudiesen aguantarme.» Lo había dicho yo. Pero aún no lo había visto del todo.

El problema no era el miedo.

El miedo era el síntoma.

La visión cenital: lo que se ve desde arriba

Un dron, cuando sube, no hace que los edificios desaparezcan. Siguen ahí. Lo que cambia es la proporción. Desde el suelo, un edificio puede bloquearte el horizonte entero. Desde cien metros de altura, ese mismo edificio ocupa una pequeña parte del plano y puedes ver claramente la calle que pasa por detrás.

Eso es exactamente lo que hace la visión cenital de tu vida: no elimina los problemas. Te muestra dónde están realmente, y qué hay a su alrededor.

El problema es que subir cuesta. Y que nadie te enseña a hacerlo. Nadie en el colegio, ni en la universidad, ni —desde luego— en casi ninguna empresa te dice: «para un momento, sube un piso, y mira desde ahí». Al contrario: el sistema premia a los que van más rápido, a los que reaccionan antes, a los que resuelven lo urgente sin pararse a preguntarse si lo urgente es lo mismo que lo importante.

Yo no soy una persona especial, ni hay nada excepcional en mí. Pero sí puedo decirte que, a golpes y tarde, aprendí una cosa: cada vez que me quedaba atascado —en el trabajo, en una decisión, en una relación— la razón casi siempre era la misma. No era que el problema fuera irresoluble. Era que estaba mirándolo desde el piso equivocado.

¿Cómo se sube, exactamente?

Te propongo una herramienta muy concreta, que yo llamo las matrioskas. Seguro que las conoces: esas muñecas rusas que se abren y tienen otra dentro, y otra, y otra. Pues los objetivos funcionan igual. Cada objetivo que tienes esconde otro objetivo dentro. Y para encontrarlo solo tienes que hacerte una pregunta: «¿para qué?»

Me explico.

Dices que quieres más clientes. ¿Para qué? Para ganar más dinero. ¿Para qué? Para tener más tranquilidad económica. ¿Para qué? Para dejar de discutir con tu pareja por el tema del dinero. ¿Para qué? Para recuperar la paz en casa. ¿Para qué?…

Sigue. Sigue hasta el fondo.

El fondo siempre es el mismo. Siempre. Y cuando lo ves desde arriba, a veces descubres que la manera en que estabas intentando conseguir ese objetivo no tenía nada que ver con lo que realmente necesitabas. Que estabas resolviendo bien la pregunta equivocada. Que el objetivo por el que peleabas era solo el envoltorio de la muñeca más grande, y tú llevabas meses mirando únicamente el envoltorio.

Eso es subir un piso.

El piso de arriba no es el cielo

Quiero ser honesto contigo en algo, porque si no lo digo me quedo incómodo.

Subir el plano no es lo mismo que escapar. No es decirte que «todo pasa por algo», ni que «el universo tiene un plan para ti», ni ninguna de esas frases que suenan bonito y no dicen nada. No quiero que este artículo te resuene como el típico discurso motivador cuyo único objetivo es crearte un subidón emocional puntual del que mañana ya te habrás olvidado.

Subir un piso duele, a veces. Porque desde arriba puede verse lo que desde abajo preferías no ver. Que el problema eres tú. Que llevas tanto tiempo quejándote sin hacer nada que ya no sabes distinguir la queja del análisis. Que estás tan acostumbrado a la urgencia que te produce ansiedad la calma.

Esa noche de diciembre de 2010, cuando miré a mi jefe a los ojos y le dije que nuestros caminos se tenían que separar, no lo hice desde la euforia. Lo hice desde un sitio extrañamente tranquilo. El tipo de tranquilidad que solo aparece cuando llevas meses —en mi caso, casi un año— subiendo y bajando ese piso. Mirando desde arriba. Volviendo abajo. Subiendo otra vez.

Pasé siete meses preparando mi relevo. Me fui sin la sensación de tener créditos ni deudas con nadie.

Pero quiero que entiendas algo: yo no tuve una revelación. Tuve tiempo. Y tuve la decisión de invertir ese tiempo en mirar, no en correr.

Lo que la altura te permite ver

Cuando trabajo con alguien y me cuenta su situación, casi siempre ocurre lo mismo en los primeros quince minutos. Me cuentan el problema que creen tener. Y yo escucho. Escucho con cuidado, porque en ese relato —en cómo lo cuentan, en qué repiten, en qué evitan— está el mapa. No el mapa del problema. El mapa de dónde están parados mientras lo cuentan.

Hay una imagen que me gusta mucho para explicar esto: no puedes leer la etiqueta desde dentro del frasco. Por eso, a veces, lo que necesitas no es trabajar más duro, ni leer otro libro, ni buscar otra estrategia. Lo que necesitas es que alguien que está fuera del frasco te lea la etiqueta.

Eso es lo que hace la visión cenital de tu vida cuando funciona bien: te saca del frasco el tiempo suficiente como para leer lo que pone.

Y lo que pone, casi siempre, no es lo que pensabas.

Quizás pone que el negocio no va mal: va mal ese producto. Quizás pone que no estás agotado del trabajo: estás agotado de una relación dentro del trabajo. Quizás pone que no necesitas más clientes: necesitas entender mejor qué es lo que tú, y solo tú, puedes ofrecerle al mundo antes de salir a buscarlo.

O quizás pone algo mucho más incómodo que todo eso.

Y ahí está, precisamente, el valor de subir.

Te dejo con una sola pregunta, y te pido que no la respondas rápido. Que la sostengas un rato: ¿el problema que tienes hoy en la cabeza, es realmente el problema, o es el lugar desde donde lo estás mirando?