La pregunta que resuelve casi todo: ¿para qué?

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Hay una pregunta que llevo años usando y que, cada vez que la aplico de verdad, me cambia algo. No es una pregunta cómoda. De hecho, la mayoría de las veces incomoda bastante. Pero es, probablemente, la herramienta más barata y más poderosa que conozco cuando se trata de clarificar objetivos. La pregunta es esta: ¿para qué?

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Te explico cómo llegué a ella.

El día que dejé una promoción sobre la mesa

Era diciembre de 2010. Mi jefe llegó desde Luxemburgo con una oferta que, sobre el papel, era exactamente lo que cualquier persona en mi posición habría querido escuchar: traslado a una capital europea, sueldo casi el doble, beneficios en especie. Era el reconocimiento de años de trabajo dentro de una multinacional. Era, dicho de otra manera, la recompensa.

Y yo le miré a los ojos y le dije que no.

No fue un impulso. Fueron meses de una pregunta que no me dejaba en paz. Una pregunta que yo mismo me hacía, una y otra vez, y que al principio no sabía ni responder. La pregunta era exactamente esa: ¿para qué? ¿Para qué quiero esa promoción? ¿Para qué necesito ese sueldo más alto? ¿Para qué sigo aquí?

Y lo curioso es que, cuanto más tiraba del hilo, más me daba cuenta de que las respuestas que me daba al principio no eran respuestas reales. Eran envoltorios.

La pregunta para qué y los objetivos que se esconden dentro de otros objetivos

Hay una imagen que me ayuda mucho a entender esto. Imagínate una matrioska, esa muñeca rusa que abres y dentro hay otra, y dentro de esa hay otra, y así hasta llegar a la más pequeña de todas. Los objetivos funcionan exactamente igual.

Cuando alguien me dice «quiero ganar más dinero», yo le pregunto: ¿para qué? Y normalmente me dice «para tener más seguridad». ¿Y la seguridad para qué? «Para no depender de nadie.» ¿Y no depender de nadie para qué? «Para poder tomar mis propias decisiones.» ¿Y tomar tus propias decisiones para qué? «…Para ser feliz.»

Siempre llega lo mismo al fondo.

Siempre.

Y esto no es una obviedad vacía. Es, en mi opinión, una de las cosas más importantes que puedes hacer con tu tiempo: abrir cada objetivo como si fuera una matrioska y ver qué hay dentro. Porque a mitad de camino, casi siempre, aparece el momento en que te das cuenta de que el objetivo por el que estás peleando con tanta energía era solo el envoltorio. Y que el de dentro —el real— lo podrías conseguir de otras formas que ni siquiera habías considerado.

Volviendo a lo nuestro: cuando yo me hice esa pregunta en 2010, lo que fui descubriendo es que lo que quería no era más dinero ni más responsabilidad en una empresa que no era mía. Lo que quería era construir algo propio. Trabajar con personas que eligiera yo. Levantarme por la mañana con ganas de llegar al ordenador. Eso era lo que estaba dentro de todas las muñequitas.

Y eso no me lo daba ninguna promoción.

Por qué no nos hacemos esta pregunta

Lo cierto es que la mayoría de las veces no nos preguntamos para qué queremos lo que queremos. Nos lo saltamos. Vamos directamente a buscar cómo conseguir el objetivo más visible, el de la capa exterior, sin pararnos a comprobar si ese objetivo es realmente el nuestro o si simplemente es el que toca según el guión que nos hemos ido escribiendo por el camino.

Me explico.

El guión más habitual funciona así: estudias, trabajas, asciendes, ganas más, tienes más responsabilidad, y en algún punto de ese recorrido la inercia se convierte en autopiloto. Ya no te preguntas si vas hacia donde quieres ir. Solo vas. Y cuanto más avanzas, más difícil se hace frenar, porque frenar implica reconocer que quizás llevas un trecho equivocado.

Y eso duele.

Yo lo sé porque lo viví. Tardé años en frenarme y hacerme la pregunta de verdad. Y cuando lo hice, me di cuenta de que llevaba tiempo resolviendo el problema equivocado: no era que mi carrera no funcionara, era que me había olvidado de preguntarme si esa carrera era la que yo quería tener.

Cómo se usa la pregunta en la práctica

Te propongo un ejercicio. Coge un objetivo que tengas ahora mismo sobre la mesa. Uno que te esté generando presión, o uno al que le estés dedicando mucho tiempo y energía. Escríbelo en un papel.

Y luego pregúntate: ¿para qué quiero esto?

Escribe la respuesta. Y a esa respuesta, vuelve a preguntarle lo mismo: ¿y eso para qué? Repite el proceso hasta que llegues a un punto donde la respuesta sea tan básica que ya no pueda abrirse más. Ese es el fondo. Esa es la muñequita más pequeña.

Ahora mira el objetivo con el que empezaste. Y pregúntate, honestamente, si ese objetivo —ese de la capa de fuera— es el camino más directo hacia lo que hay en el fondo. O si solo es el primero que se te ocurrió. O el que le parece bien a tu entorno. O el que llevas persiguiendo por inercia desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdas cuándo lo elegiste.

No hay respuestas buenas ni malas. Pero hay respuestas honestas y respuestas que te evitan mirarte a la cara.

El bloqueo que no era un bloqueo

Hace no mucho tiempo trabajé con un cliente —no voy a dar más detalles— que llevaba meses bloqueado. Me decía que su problema era la falta de tiempo: tenía demasiadas cosas que hacer y no conseguía avanzar en ninguna. Cada semana era una carrera contrarreloj que terminaba con la sensación de haber corrido mucho sin llegar a ningún sitio.

Le hice la pregunta. ¿Para qué quieres tener más tiempo? Para poder trabajar mejor en los proyectos importantes. ¿Y trabajar mejor en los proyectos importantes para qué? Para que el negocio crezca. ¿Y que el negocio crezca para qué? Para poder dejar de aceptar clientes que no le gustaban y trabajar solo con los que le aportaban. ¿Y eso para qué? «…Para no levantarme por las mañanas con esa sensación de estar vendiendo algo en lo que no creo.»

Ahí estaba.

Su problema no era la falta de tiempo. Su problema era que había construido un negocio que no le representaba y que, inconscientemente, saboteaba su propia productividad para no tener que enfrentarse a esa conclusión. El tiempo era el envoltorio. Lo de dentro era otra cosa completamente distinta.

Dicho de otra manera: estaba usando toda su energía en gestionar mejor una agenda que en el fondo no quería tener.

Una advertencia

La pregunta para qué es poderosa, pero tiene un uso incorrecto muy habitual: usarla para justificar lo que ya has decidido hacer. Es decir, hacerte la pregunta con la respuesta ya preparada de antemano. Eso no es tirar del hilo. Es hacerle el nudo al final antes de empezar.

Para que la pregunta funcione de verdad, tienes que estar dispuesto a no saber la respuesta cuando la haces. Tienes que estar dispuesto a que la respuesta te sorprenda. O a que te incomode. O a que te lleve a un lugar que no tenías previsto visitar.

Yo lo estuve. Y no te voy a decir que fue fácil. Dejar una empresa en la que llevaba diez años, con una red de seguridad construida con mucho esfuerzo, no fue un acto de valentía heroica. Fue el resultado de haberme hecho la pregunta suficientes veces como para no poder seguir ignorando la respuesta.

Hay algo que me dijo un formador en una casa rural cerca de Girona, en 2010, que todavía me resuena: que nunca podemos ser en el trabajo personas distintas a las que somos en nuestra vida privada. Aquella noche no dormí. Porque lo que aquella frase me estaba diciendo, en el fondo, era exactamente lo mismo que la pregunta: ¿para qué estás siendo alguien que no eres, ocho horas al día, todos los días?

No hay respuesta cómoda a eso.

Pero sí hay una respuesta honesta. Y cuando la encuentras —cuando llegas al fondo de las matrioskas y ves lo que hay ahí dentro— lo que veías como un problema enorme desde abajo empieza a verse de otra manera desde arriba. No desaparece. Pero cambia de tamaño. Y, sobre todo, cambia la pregunta que te haces sobre él.

Así que te lo dejo aquí: coge ese objetivo que tienes ahora mismo sobre la mesa, el que más te pesa, el que más tiempo y energía te está costando. Y antes de preguntarte cómo conseguirlo, pregúntate una sola vez, con toda la honestidad que puedas: ¿para qué?