Hay un tipo de persona que, cada vez que le cuentas un problema, te responde con una sonrisa y una frase que empieza por «¡pero piensa en positivo!». Y tú, que llegabas con algo real encima, algo que pesa, te quedas ahà parado con la sensación de que acabas de recibir un tortazo con guante de terciopelo. No te ha ayudado. Te ha silenciado.
El optimismo tĂłxico tiene buena cara y mala leche
No hablo de la persona que, en un momento puntual, intenta animarte con una palabra amable. Eso es generosidad, y la agradezco. Hablo de algo distinto: la persona que ha convertido el pensamiento positivo en una armadura con la que esquiva cualquier conversaciĂłn que se complique. La que no puede estar en la misma habitaciĂłn que un problema sin intentar hacerlo desaparecer a base de frases hechas.
«Todo pasa por algo.» «Lo que no te mata te hace más fuerte.» «El universo tiene un plan para ti.» «SonrĂe, que la vida es bella.»
Me explico. No es que estas frases sean falsas del todo. A veces, una de ellas, dicha en el momento justo por la persona justa, aterriza bien. El problema es cuando se convierten en el Ăşnico idioma que alguien habla. Cuando el optimismo deja de ser una herramienta y se convierte en una ideologĂa. AhĂ es donde empieza lo que yo llamarĂa, sin ningĂşn ánimo de ser dramático, el optimismo tĂłxico.
Lo que el optimismo tĂłxico realmente hace
Imagina que tienes una herida en el brazo. No una rozadura: una herida de verdad. Y alguien se acerca, la mira, y en lugar de limpiarla y vendarte, te dice: «¡Tranquilo, que el cuerpo humano es una maravilla y ya se cura solo!» Y se va.
Quizás tenga razĂłn. Quizás el cuerpo se cure solo. Pero en ese momento tĂş necesitabas otra cosa. Necesitabas que alguien se quedara, mirara la herida de frente, y dijera: «SĂ, eso duele. Vamos a ver quĂ© hacemos.»
El optimismo tóxico no cura heridas. Las tapa. Y lo que se tapa sin curar no desaparece: fermenta. Lo he comprobado en mà mismo y en muchas personas con las que he trabajado a lo largo de los años. El problema que no se puede nombrar, que no se puede mirar con calma, que siempre hay que disolver antes de que se pose, ese problema no se va. Se muda al sótano y desde allà hace ruido a deshoras.
Por qué nos cuesta tanto alejarnos de estas personas
Aquà viene la parte incómoda. A veces, en mi opinión, no nos alejamos de las personas extremadamente positivas porque en el fondo nos convienen. Porque estar cerca de alguien que nunca te cuestiona, que siempre te dice que vas bien, que convierte cada duda tuya en una celebración anticipada… es cómodo. Es como vivir en un termostato puesto a 22 grados todo el año. Agradable. Y completamente irreal.
La comodidad tiene un precio. Y ese precio es que dejas de tener conversaciones reales. Dejas de poder sentarte con alguien y decir «oye, creo que estoy tomando una mala decisiĂłn» y esperar una respuesta honesta. Porque sabes de antemano lo que va a contestar: «¡TĂş puedes con todo! ¡ConfĂa en ti!»
Y tĂş puedes con muchas cosas, sĂ. Pero no con todo. Nadie puede con todo. Y pretender lo contrario no te hace más fuerte: te deja solo con tus dudas y, encima, con la sensaciĂłn de que eres tĂş el raro por tenerlas.
El antĂdoto no es el pesimismo
Antes de que alguien malinterprete lo que estoy diciendo: no estoy proponiendo rodearte de personas que te hundan. No se trata de cambiar el optimismo tĂłxico por el pesimismo crĂłnico. Eso serĂa saltar de la sartĂ©n a las brasas.
Lo que propongo es algo más difĂcil de encontrar y, segĂşn mi experiencia, infinitamente más valioso: personas que son capaces de quedarse con lo que duele sin intentar hacerlo desaparecer. Personas que te preguntan cĂłmo estás y luego, cuando les dices que regular, no cambian de tema. Personas que te señalan lo que ven aunque no sea lo que querĂas escuchar. Que te leen la etiqueta del frasco, porque desde dentro no puedes leerla tĂş solo.
Con los años he aprendido que estas personas son escasas. Y precisamente por eso son tan valiosas. No hacen ruido, no proyectan entusiasmo, no llenan la habitaciĂłn con frases brillantes. Pero cuando salen de allĂ, tĂş tienes algo que antes no tenĂas: un poco más de claridad.
CĂłmo reconocer el optimismo tĂłxico en ti mismo
Porque serĂa demasiado fácil señalar solo hacia fuera. A veces yo mismo me he encontrado en el lado del que sonrĂe demasiado rápido. Del que, ante el malestar de otro, busca la salida más corta hacia algo que suene alentador. No siempre por hipocresĂa: a veces por incomodidad. Porque el malestar ajeno activa el nuestro, y la frase positiva es una forma de cerrar esa puerta antes de que se abra demasiado.
Te invito a que la prĂłxima vez que alguien te cuente algo difĂcil, aguantes el impulso de dar la respuesta que lo resuelve todo. Que te quedes un momento en silencio. Que preguntes en lugar de afirmar. Que digas «cuĂ©ntame más» antes que «no te preocupes, ya verás cĂłmo se arregla».
Es más incómodo. Lo sé. Pero es mucho más honesto.
Lo que el pensamiento positivo sĂ puede hacer por ti
Y aquĂ quiero matizar, porque no quiero que este artĂculo suene a un ataque al optimismo en sĂ mismo. El optimismo, entendido como la capacidad de creer que las cosas pueden mejorar y de orientar la energĂa hacia lo que sĂ depende de ti, me parece no solo válido sino necesario. Lo que distingue al optimismo real del optimismo tĂłxico es que el primero no niega la realidad: la mira de frente y luego decide quĂ© hacer con ella.
Es la diferencia entre alguien que, ante una ola de diez metros, dice «¡qué bonita!» y te da la espalda, y alguien que la ve venir, calibra su tamaño, y te pregunta: «¿Qué podemos hacer?» No puedes reducirle el tamaño a la ola. Pero sà puedes decidir cómo posicionarte ante ella. Y esa decisión, para tomarla bien, requiere primero haberla mirado.
Dicho de otra manera: el pensamiento positivo que inviertes en ti de verdad empieza por aceptar que hay cosas que no van bien. No para quedarte ahĂ, sino para saber desde dĂłnde partes.
La pregunta que me hago cuando alguien me dice «piensa en positivo»
Cuando alguien me lanza esa frase, me pregunto —y a veces, si la confianza lo permite, se lo pregunto a ellos— qué es exactamente lo que no quieren ver. Porque el optimismo tóxico, en mi opinión, casi nunca tiene que ver con el otro. Tiene que ver con uno mismo. Es una forma de gestionar la propia incomodidad disfrazada de consejo para los demás.
No digo que sea mala persona quien lo hace. Digo que, probablemente, tambiĂ©n esa persona tiene una herida que no ha sabido nombrar todavĂa. Y que el entusiasmo permanente es, a veces, la manera que ha encontrado de no tener que hacerlo.
Asà que, si tienes cerca a alguien extremadamente positivo que nunca te deja aterrizar del todo, no necesitas pelearte con él ni alejarte sin más. Pero sà te propongo que te hagas esta pregunta: ¿cuándo fue la última vez que tuviste con esa persona una conversación que te dejara algo real? ¿Algo más que un subidón de cinco minutos que se evaporó antes de que llegaras a casa?




