El día que dejes de tener prisa

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Llevas semanas —quizás meses— sintiendo que no llegas. Que el día se acaba antes de que hayas terminado la mitad de lo que tenías previsto. Que vas corriendo de una cosa a la siguiente sin que ninguna de ellas acabe de salir como querías. Y mientras corres, hay una voz interior que te dice que si al menos tuvieras un poco más de tiempo, entonces sí. Entonces todo iría mejor.

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Esa voz miente. O, mejor dicho: tiene razón en el diagnóstico y está completamente equivocada en la causa.

Porque el problema no es que tengas poco tiempo. El problema es que tienes demasiada prisa. Y no es lo mismo.

La prisa no te lleva más lejos. Te lleva más rápido al sitio equivocado.

Piensa en alguien que conduce nervioso porque llega tarde a una reunión. Va acelerando, cambia de carril, toca el claxon, mira el reloj cada treinta segundos. Llega diez minutos antes gracias a esa tensión sostenida. Pero llega tan activado, tan cargado, que durante los primeros veinte minutos de reunión no está realmente ahí. Está todavía en el coche, en el atasco, en la discusión que tuvo con el taxista del carril contrario.

Eso es lo que la prisa le hace a cualquier cosa que tocas. Te pone físicamente en el siguiente sitio pero mentalmente te deja en el anterior.

Lo he comprobado en mí mismo y en mis clientes muchísimas veces. La persona con prisa crónica no es la que más avanza. Es la que más se mueve, que no es lo mismo. Se mueve mucho, sí. Pero si le preguntas adónde va exactamente, a menudo no sabe responderte con claridad. Solo sabe que tiene que ir rápido.

El día que dejes de tener prisa, descubrirás que hay dos velocidades distintas

Una es la velocidad del cuerpo: cuántas cosas haces por hora, cuántas reuniones metes en el calendario, cuántos emails despachas antes de comer.

La otra es la velocidad de la mente: con qué claridad ves lo que tienes delante, con qué profundidad escuchas a la persona que tienes enfrente, con qué precisión tomas las decisiones que luego tendrás que vivir.

La prisa sube la primera y destroza la segunda. Y lo curioso —lo que a mí me costó años entender— es que cuando bajas la velocidad de la mente, la del cuerpo no hace falta que sea tan alta. Porque empiezas a hacer las cosas que de verdad importan, en lugar de hacer muchas cosas que luego resulta que no cambiaban nada.

Es como si tuvieras una lupa y la mueves a toda velocidad sobre el papel intentando encender fuego. El sol está, el papel está, la lupa está. Pero mientras la mueves sin parar, no se enciende nada. Solo cuando la sostienes quieta, concentrada, el calor se acumula y aparece la llama.

¿Por qué tenemos tanta prisa?

Aquí es donde, en mi opinión, la mayoría se equivoca de respuesta.

La explicación habitual es el mundo exterior: hay demasiadas cosas que hacer, demasiadas demandas, demasiados frentes abiertos. Y es verdad que el mundo exterior empuja. Pero he llegado a la conclusión de que la prisa, en la mayoría de los casos, no viene de fuera. Viene de dentro. Y viene de una incomodidad concreta: el miedo a pararse.

Porque pararse significa pensar. Y pensar significa que aparecen preguntas que corriendo conseguías posponer. ¿Estoy en el lugar correcto? ¿Esto que hago me acerca a algo que de verdad quiero? ¿Hay algo importante que llevo meses ignorando?

La prisa es, muchas veces, una forma muy eficaz de no tener que responder a esas preguntas. Si vas a cien por hora, nadie —ni tú mismo— puede pedirte que te pares a mirar.

Y aquí está el giro que quiero que veas: lo urgente ocupa toda la pantalla y tapa lo importante. No porque lo importante haya desaparecido, sino porque tú has decidido —conscientemente o no— llenarte de urgencias para no tener que mirarlo.

La trampa de sentirte productivo

Hay algo que la prisa te da y que engancha: la sensación de que estás haciendo cosas. De que avanzas. Al final del día puedes mirar la lista y tachar. Puedes contarle a alguien lo ocupado que has estado. Esa sensación es real. El problema es que a veces invertimos toda nuestra energía en tachar cosas de una lista que no debería existir.

Conozco a personas que llevan años siendo extraordinariamente eficientes haciendo cosas que no les llevan a ningún sitio. Responden emails a la velocidad del rayo, asisten a reuniones con puntualidad suiza, cumplen con cada pequeño compromiso. Y un día, si tienen la valentía de pararse y mirar desde arriba, descubren que todo esa maquinaria perfectamente engrasada estaba avanzando en una dirección que nunca eligieron realmente.

En mi opinión, ese es el coste más alto de la prisa crónica. No el cansancio. No el estrés. El coste real es que te consume el tiempo sin dejarte elegir en qué lo estás gastando.

Dejar de tener prisa no significa ir despacio

Que quede claro, porque si no, esto suena a llamada a la pereza. No te estoy proponiendo que vayas lento. Te estoy proponiendo algo distinto: que vayas a propósito.

Hay una diferencia enorme entre alguien que trabaja muchas horas porque está construyendo algo que le importa y alguien que trabaja muchas horas porque no sabe parar. Desde fuera pueden parecer iguales. Desde dentro son mundos distintos.

El primero elige la velocidad. El segundo la padece.

Con los años he aprendido que la calma no es la ausencia de movimiento: es la presencia de dirección. Puedes ir rápido y estar tranquilo si sabes exactamente adónde vas y por qué. Y puedes ir despacio y estar agitado si no tienes ni idea de qué sentido tiene lo que estás haciendo.

El momento en que cambia todo

No hay un día concreto, normalmente. No suele haber un momento dramático en el que de pronto todo se ralentiza y el mundo se vuelve claro. Lo que sí he visto —y me ha pasado a mí también— es que hay un instante pequeño, casi insignificante, en que te das cuenta de que llevas corriendo tanto tiempo que ya no recuerdas desde cuándo empezaste a correr.

Y esa pregunta —¿cuándo empecé a correr y por qué?— es la que lo cambia todo. No la respuesta. La pregunta.

Porque cuando te la haces de verdad, empiezas a ver el problema desde un piso más arriba. Y desde ahí arriba descubres que la prisa no era tu ritmo natural. Era una respuesta a algo. Un mecanismo. Una armadura que te pusiste en algún momento y que llevas tanto tiempo puesta que ya la confundes con tu piel.

Dejar de tener prisa empieza, entonces, por reconocer eso. No por gestionar mejor el tiempo ni por reorganizar el calendario —aunque todo eso puede ayudar—. Empieza por preguntarte de qué estás huyendo cuando corres.

¿De qué pregunta llevas meses escapándote a toda velocidad?