Inviertas en ti

invertir en uno mismo

Invertir en uno mismo. Lo has escuchado tantas veces que ya casi no lo escuchas. Se ha convertido en uno de esos mantras que se repiten en LinkedIn, en los podcasts de turno, en las charlas de cualquier evento de networking donde alguien sube a un escenario con un micrófono y una presentación de Canva. Y sin embargo, aquí estás tú, con esa sensación de que hay algo que no termina de cuadrar. Porque llevas meses —o años— invirtiendo en ti, y los resultados no son exactamente los que esperabas.

invertir en uno mismo

El problema que crees tener

Quizás es que no inviertes suficiente. Quizás es que inviertes en las cosas equivocadas. Quizás es que deberías hacer ese curso, apuntarte a ese programa de mentoría, leer más libros, levantarte una hora antes para «trabajar en ti mismo» antes de que empiece el día.

Eso es lo que te dices a ti.

Y es posible que tengas razón en alguna de esas cosas. Pero antes de que sigas invirtiendo, te propongo que subamos un piso. Porque desde aquí abajo, con el problema en primer plano, hay algo que no se ve bien.

Lo que me pasó en Cuneo cuando tenía diez años

Cuando era pequeño, negociaba con mi madre el precio de los limones. Los compraba, hacía limonada, la vendía entre los familiares y con lo que ganaba compraba cuerdas para hacer pulseras. Nunca pensé que aquello era «invertir en mí mismo». Era simplemente hacer algo que me parecía interesante, con lo que tenía a mano, para ver qué pasaba.

No había un plan. No había un objetivo a cinco años. No había un curso de emprendimiento ni un mentor certificado.

Había curiosidad. Y movimiento.

Lo cuento porque creo que en algún momento del camino —y yo también lo viví— confundimos invertir en nosotros mismos con acumular. Acumular conocimiento, acumular credenciales, acumular horas de formación. Y la acumulación, por sí sola, no se mueve.

El año en que más «invertí en mí» fue también el año en que más me paralicé

Fue en 2010. Llevaba años en la multinacional, empezaba a notar que algo no encajaba —que yo no encajaba— y decidí que la solución era formarme más. Un curso aquí, una certificación allá, lecturas, podcasts, talleres. Me convencí de que cuando tuviera suficiente, cuando supiera lo suficiente, cuando estuviera suficientemente preparado, entonces daría el paso.

El paso que, dicho sea de paso, llevaba años posponiendo.

Recuerdo un fin de semana en una casa rural cerca de Girona, en un evento de formación. El formador dijo algo que me resonó durante días: que nunca podemos ser en el trabajo personas distintas a las que somos en nuestra vida privada. Levanté la mano y no estuve de acuerdo. Pero esa noche no dormí. Porque en el fondo sabía que llevaba años intentando ser en el trabajo alguien que no era en ningún otro lado. Y toda la formación del mundo no me estaba ayudando a resolver eso. Solo me estaba ayudando a no tener que mirarlo de frente.

Eso también es invertir en uno mismo. Solo que al revés.

¿Para qué estás invirtiendo, exactamente?

Aquí viene el giro que te prometía desde arriba.

Tengo una herramienta que uso mucho, conmigo mismo y con clientes, y que llamo las matrioskas. Esas muñecas rusas que se abren y dentro hay otra, y dentro hay otra, y otra. Funciona así: cuando tienes un objetivo, te preguntas «¿para qué?». Y a la respuesta, vuelves a preguntarte «¿para qué?». Y así, capa a capa, hasta que llegas al fondo.

Pruébalo ahora con esto.

¿Para qué quieres invertir en ti mismo? Para aprender más. ¿Para qué? Para estar más preparado. ¿Para qué? Para poder dar el paso que llevo tiempo queriendo dar. ¿Para qué? Para trabajar en algo que me haga sentir bien. ¿Para qué? Para ser feliz.

Siempre, siempre, el fondo es el mismo.

Y si el fondo es ese, la pregunta que importa no es «¿en qué debo invertir?». La pregunta que importa es: ¿estoy más cerca de ese fondo gracias a lo que estoy haciendo, o me estoy alejando de él con la excusa de que me estoy preparando?

No hay respuestas buenas o malas a esa pregunta. Pero merece ser respondida con honestidad.

Invertir en uno mismo sin que cueste dinero

Hay algo que me incomoda del discurso habitual sobre invertir en uno mismo, y es que casi siempre acaba en una transacción económica. Un curso, un programa, una mentoría, un retiro. Y no digo que esas cosas no valgan —a veces valen muchísimo— pero sí digo que reducir «invertir en ti» a «gastar dinero en ti» es quedarse muy en la superficie.

Algunas de las inversiones que más me han transformado no me costaron ni un euro.

La conversación que tuve en 2002 con mi jefe Felice —sí, se llamaba así, «feliz» en italiano— durante un colapso logístico en Milán después de tres días trabajando sin parar. Le dije que ya no podía más. Me miró, en chándal, igual de agotado que yo, y me dijo algo que tardé años en digerir del todo: que el problema que estaba viviendo no era mío, era de la empresa, y que la empresa me pagaba a mí para intentar encontrar la solución.

No me lo estaba diciendo para hacerme sentir mejor. Me lo estaba diciendo para cambiarme el plano desde el que miraba.

Eso también es invertir en uno mismo. Escuchar, de verdad, a alguien que te cambia la altura.

Y luego está el tiempo. El tiempo que decides no gastar en lo que no importa para poder gastarlo en lo que sí. Eso es una inversión, y es de las más difíciles, porque implica decir que no. Y poner ese tipo de límites es incómodo, porque siempre hay algo aparentemente urgente que reclama ese tiempo antes de que puedas usarlo para ti.

Lo que el frasco de energía te explica mejor que yo

Piensa en que cada mañana amaneces con un frasco de energía. Finito. Solo se regenera durmiendo. A lo largo del día lo vas vaciando: las conversaciones difíciles, el tráfico, el email que no esperabas, la reunión que se alargó, pero también lo bueno —una decisión importante, un proyecto que te ilusiona, una conversación que te mueve.

La pregunta no es cuánta energía tienes.

La pregunta es en qué la estás vertiendo.

Porque puedes invertir en ti todo el tiempo del mundo y todo el dinero del mundo, pero si cada día llegas vacío a esa inversión —si el frasco ya está seco cuando te sientas a aprender, a pensar, a crear— lo que habrás hecho es añadir una tarea más a una lista que ya no puedes sostener.

Invertir en uno mismo empieza, muchas veces, por dejar de invertir energía en cosas que no te devuelven nada. Y eso no es pereza. Es aritmética.

La inversión que sí cambió algo

En julio de 2011 dejé la multinacional. Mi jefe había llegado de Luxemburgo con una promoción sobre la mesa: traslado a una capital europea, sueldo casi el doble, beneficios en especie. Le miré a los ojos y le dije que toda mi vida estaría agradecido a la empresa, pero que nuestros caminos se tenían que separar.

No lo hice porque hubiera terminado un curso. No lo hice porque me sintiera suficientemente preparado —porque no me sentía preparado en absoluto. Lo hice porque en algún momento había dejado de confundir preparación con movimiento.

Curiosamente, la inversión más grande que hice en mí mismo no fue ningún curso ni ninguna formación. Fue pasarme siete meses preparando a mi relevo para que la empresa no quedara descolgada cuando me fuera. Siete meses poniendo el foco en algo que no era para mí. Y en ese proceso, sin buscarlo, entendí cosas de mí mismo que ningún taller me había enseñado.

Eso también es invertir en uno mismo. A veces la inversión más transformadora es la que haces mirando hacia fuera.

¿Y si ya estás invirtiendo bien?

Esta es la pregunta que pocas veces nos hacemos.

Porque el discurso de «invierte en ti» da por sentado que no lo estás haciendo suficiente. Que falta algo. Que hay un hueco que llenar. Y quizás, solo quizás, el problema no es que inviertas poco. El problema es que no ves lo que ya has construido, porque estás mirando siempre hacia lo que falta.

¿Cuándo fue la última vez que te paraste a hacer inventario de lo que ya tienes? No lo que has acumulado. Lo que realmente te mueve, lo que ya sabes hacer, lo que ya eres.

¿Y si la inversión que necesitas ahora mismo no es añadir nada, sino soltar algo?