definir kpis

Llevas semanas hablando de métricas, de seguimiento, de análisis. Tienes una hoja de cálculo con quince columnas, un dashboard que alguien montó el año pasado y que nadie mira, y la sensación permanente de que «hay que estar más encima de los datos». Y si alguien te pregunta ahora mismo qué tres números cambiarían tu forma de tomar decisiones esta semana… probablemente necesitarías un momento. Quizás varios.

El problema no es que no tengas datos. Es que no sabes qué pregunta estás intentando responder.

He visto esto muchas veces, y no es un problema de empresas pequeñas ni de equipos sin recursos. Lo he visto en negocios perfectamente estructurados, con herramientas de analítica de pago, con personas dedicadas a ello. El volumen de datos no era el problema. El problema era anterior: nadie había dicho en voz alta, con claridad, qué querían saber. Y cuando no sabes qué quieres saber, puedes medir todo y no entender nada.

Piensa en alguien que entra en una ferretería y compra un taladro. Ese alguien no quiere un taladro. Quiere un agujero en la pared. Y probablemente tampoco quiere el agujero: quiere colgar un cuadro. Y quizás lo que quiere de verdad es que el salón tenga otro aspecto. El indicador —el taladro— es lo último que hay que elegir, no lo primero. Pero en la mayoría de los negocios se empieza al revés: primero el taladro, luego, ya veremos para qué sirve.

Definir KPIs sin saber qué quieres es decorar una habitación antes de construir la casa

Me explico. Un KPI —un indicador clave de rendimiento, como prefieras llamarlo— es una respuesta. Una respuesta necesita una pregunta. Y una buena pregunta necesita antes algo más básico: saber adónde quieres ir. Si eso no está claro, definir KPIs se convierte en un ejercicio de apariencia, en algo que queda bien en una presentación pero que no mueve nada.

Te propongo un ejercicio incómodo. Coge un papel —no el ordenador, papel— y escribe cuál es el objetivo más importante de tu negocio ahora mismo. No el propósito, no la misión: el objetivo concreto de los próximos noventa días. Uno. Luego escribe: ¿cómo sabría que lo estoy consiguiendo? ¿Qué cambiaría que yo pudiera ver? ¿Cada cuánto necesito verlo?

Si no puedes responder eso, no es que te falten KPIs. Es que todavĂ­a no tienes el objetivo claro. Y eso es lo que hay que resolver primero.

El nĂşmero que nadie mira

Con los años he aprendido que hay dos tipos de métricas en casi cualquier negocio. Las que se miden porque siempre se han medido, y las que realmente dicen algo. Las primeras son cómodas: están ahí, se generan solas, quedan bien en el informe mensual. Las segundas suelen ser más difíciles de calcular, más incómodas de mirar y, casi siempre, más reveladoras.

Recuerdo el caso de un restaurante que tenía datos de todo: número de comensales, ticket medio, rotación de mesas. Todo en orden. El negocio, sin embargo, sangraba. Cuantos más menús vendía, más se alejaba del punto de equilibrio. Nadie había calculado el coste real por comensal incluyendo los gastos fijos prorrateados. El número que importaba no estaba en ningún dashboard. Estaba en una cuenta que nadie había hecho.

A veces el KPI que necesitas no existe todavía. No porque sea imposible de medir, sino porque nadie se ha sentado a pensar en él desde el principio correcto: ¿qué decisión concreta me ayudaría a tomar este dato?

Esa pregunta —¿qué decisión me ayuda a tomar?— es la prueba del algodón de cualquier métrica. Si un número no te ayuda a decidir nada, no es un indicador clave. Es ruido con formato de dato.

Más no es más

Hay una tentación muy humana cuando se habla de medir: querer medirlo todo, por si acaso. Es como si tener más datos fuera sinónimo de tener más control. Y a veces lo parece, pero en mi opinión es exactamente lo contrario. Cuantos más indicadores pones en pantalla, más difícil es saber cuál mirar cuando algo va mal.

Es como si condujeras un coche con cincuenta indicadores en el salpicadero, cada uno parpadeando con su propia lĂłgica. A la que algo falla de verdad, no sabes por dĂłnde empezar. En cambio, si tienes claro que lo Ăşnico que no puede fallar esta semana es el depĂłsito y los frenos, sabes exactamente dĂłnde poner los ojos.

Esto no significa que el resto no importe. Significa que la claridad sobre lo prioritario es la condición para que cualquier sistema de medición funcione. Sin esa claridad, el dashboard más sofisticado del mundo es un cuadro colgado en una habitación a oscuras.

El proceso correcto, al revés de como se suele hacer

Dicho de otra manera: la secuencia habitual es equivocada. Se suele empezar por las herramientas —qué plataforma de analítica uso, qué datos puedo extraer de mi CRM, qué me da Google Analytics— y luego se intenta construir sentido encima de eso. Es comprensible. Las herramientas están ahí, son visibles, son accionables. Pero definir KPIs empezando por la herramienta es como escribir la respuesta antes de leer la pregunta del examen.

La secuencia que, según mi opinión y experiencia, realmente funciona es esta: primero, el objetivo. Segundo, la decisión que necesitas tomar para acercarte a ese objetivo. Tercero, la información que necesitas para tomar esa decisión. Cuarto, y solo cuarto, el número que captura esa información. Y quinto —al final del todo— la herramienta que lo calcula.

Cuando llegas a la herramienta habiendo hecho este recorrido, sabes exactamente qué pedirle. Y lo que es más útil aún: sabes qué no pedirle.

La pregunta que lo ordena todo

Hay algo que saber hacer las preguntas correctas cambia radicalmente: la calidad de las respuestas que obtienes. Esto es especialmente cierto cuando lo aplicas a los datos de tu propio negocio. La pregunta correcta, en este contexto, no es «¿qué estoy midiendo?» sino «¿qué necesito saber para tomar la siguiente decisión importante?»

Parece sutil. No lo es. La primera pregunta te lleva a inventariar lo que ya tienes. La segunda te obliga a pensar en lo que aún no sabes y en por qué importa. Y muchas veces, cuando te fuerzas a responder esa segunda pregunta con honestidad, te das cuenta de que lo que te falta no es un dato: es una conversación que nadie ha tenido todavía. Con el equipo, con el mercado, contigo mismo.

He llegado a la conclusión de que el momento en que una empresa empieza a definir KPIs de verdad —no de forma cosmética, sino de forma útil— es exactamente el momento en que alguien en la sala se atreve a decir «no sé lo que quiero saber». Porque esa frase, incómoda como es, abre la única puerta que merece la pena abrir.

Así que antes de añadir una columna más a tu hoja de cálculo, antes de contratar otra herramienta de analítica, antes de montar el próximo dashboard… ¿cuál es la decisión más importante que tienes que tomar en los próximos treinta días, y qué necesitarías saber para tomarla con más claridad?

conversion google ads

Lanzas tu primera campaña en Google Ads. Los clics llegan. El contador sube. Ves el número crecer y piensas que algo está funcionando. Y entonces, a final de mes, revisas cuántos de esos clics se convirtieron en clientes de verdad… y el número te deja frío.

Lo he visto muchas veces. Y no solo en quienes empiezan. También en negocios que llevan meses —a veces años— pagando por tráfico con la esperanza de que el volumen, tarde o temprano, haga el trabajo solo.

El problema, según mi opinión y experiencia, no está en la campaña. Está en lo que se cree que es la campaña.

El clic no es el destino. Es el umbral.

Imagina que tienes una tienda física en una calle con mucho paso. Pagas para que alguien en la puerta pare a la gente y les diga: «oye, entra, que aquí pueden ayudarte.» Eso es el clic. La gente entra. Hasta ahí, todo bien.

Pero una vez dentro, si la tienda huele raro, si nadie les atiende, si no encuentran lo que buscaban o si el proceso de compra es un laberinto… se van. Y tú has pagado igualmente por haberlos traído hasta la puerta.

El clic solo te compra la atención durante unos segundos. Lo que pase después no lo decide Google. Lo decides tú.

Y aquí es donde la mayoría mira en la dirección equivocada. Cuando la campaña no convierte, el instinto es tocar el anuncio: cambiar el texto, probar otra imagen, ajustar las pujas. Y a veces eso ayuda, claro. Pero muchas veces el anuncio está haciendo su trabajo perfectamente bien. El problema está en lo que viene después del clic.

La conversiĂłn en Google Ads empieza donde el anuncio termina

He llegado a la conclusión de que la confusión más frecuente en esto es tratar el anuncio y la página de destino como dos cosas separadas. Como si fueran responsabilidad de personas distintas, de presupuestos distintos, de conversaciones distintas.

No lo son.

El anuncio hace una promesa. La página tiene que cumplirla. Y si hay la más mínima fisura entre una cosa y la otra —si el anuncio dice «zapatillas de running para mujer» y la página lleva a la colección general de toda la tienda— el visitante lo nota. No conscientemente, quizás. Pero lo nota. Y se va.

La conversión en Google Ads es el resultado de una conversación continua, no de dos piezas independientes. El anuncio abre la frase. La página la cierra. Si la frase no cierra bien, el lector abandona antes del punto final.

Me explico con un ejemplo. Piensa en alguien que busca «clases de yoga para embarazadas en Barcelona». Hace clic en un anuncio que dice exactamente eso. Llega a una página que habla de yoga en general, con un menú enorme y una foto genérica. Nada que le confirme que está en el lugar correcto. Nada que le diga «sí, esto es para ti.» ¿Qué hace? Lo que harías tú: cerrar la pestaña.

El anuncio funcionó. La campaña hizo su parte. Pero la conversión no ocurrió porque la página no supo recoger lo que el anuncio había puesto en marcha.

Lo que mides determina lo que ves

Otra trampa clásica, y probablemente la más cara, es medir solo lo fácil de medir.

Los clics son fáciles de medir. Las impresiones también. El CTR —la proporción de gente que ve el anuncio y hace clic— es un número que sale solo en el panel. Y son datos útiles, no digo que no. Pero un CTR alto con conversión cero es solo tráfico caro.

Con los años he aprendido que la métrica que importa no es cuánta gente llegó, sino cuánta hizo lo que necesitabas que hiciera. Y para saber eso, primero hay que tener claro qué es «lo que necesitabas que hiciera.» Cosa que, dicho así, parece obvia. Y sin embargo.

He conocido negocios que llevaban meses optimizando su campaña para conseguir más clics en un botón que no llevaba a ningún lado relevante. Habían configurado como conversión algo que en realidad no les acercaba a un cliente. Un clic en «más información» que abría un PDF. Una visita a la página de contacto, aunque nadie rellenara el formulario.

Cuando te haces las preguntas correctas antes de lanzar —¿qué quiero que ocurra exactamente?, ¿cómo sabré que ha ocurrido?— la campaña cambia de naturaleza. Ya no estás comprando clics. Estás construyendo un sistema con un objetivo definido.

El texto del anuncio no vende. Filtra.

Esto cuesta entenderlo al principio, y a mí también me costó. Cuando escribes un anuncio, la tentación es intentar atraer a cuanta más gente mejor. Parecer relevante para todo el mundo. No dejar a nadie fuera.

Error.

Un buen anuncio no intenta convencer a todo el mundo: intenta convencer a las personas correctas y disuadir al resto. Porque cada clic de alguien que nunca iba a comprar es dinero que no vas a recuperar.

Si vendes un servicio de consultoría a empresas medianas con facturación mínima de medio millón, tu anuncio debería hacer que alguien con una tienda pequeña ni siquiera se molestara en hacer clic. No porque no sea bienvenido, sino porque tu oferta no es para él. Y si hace clic, pagas. Y no convierte. Y el problema no es la campaña.

A mi forma de ver, un anuncio bien escrito para conversión tiene que incomodar un poco a quien no es tu cliente. Tiene que ser específico hasta el punto de que alguien lea y piense «esto no es para mí.» Porque ese alguien que sí siente que es para él va a llegar a tu página con una predisposición completamente distinta.

La velocidad y la fricciĂłn matan en silencio

Hay dos factores que, según mi opinión, destruyen conversiones sin que nadie los vea en el panel de control: la velocidad de carga de la página y la fricción en el proceso.

La velocidad es brutal. Alguien ha buscado algo, ha visto tu anuncio, ha decidido hacer clic —lo que ya es un pequeño milagro de atención en el mundo en que vivimos— y si la página tarda más de tres segundos en cargar, una parte importante de esas personas se va antes de ver nada. Se han ido. Y tú has pagado el clic igualmente.

La fricción es más sutil pero igual de letal. Cada paso innecesario que le pides al usuario es una oportunidad para que se arrepienta. Un formulario con doce campos cuando solo necesitas tres. Un proceso de pago que obliga a crear una cuenta antes de poder comprar. Una llamada a la acción enterrada al final de una página kilométrica.

No hace falta que sea perfecto. Hace falta que no sea un obstáculo.

Pagar por clics tiene sentido cuando el sistema funciona

No estoy diciendo que Google Ads no funcione. Funciona, y muy bien, cuando el sistema que hay detrás está pensado para convertir. Lo he comprobado en mis propios clientes y en mí mismo.

Pero demasiadas veces se invierte en tráfico antes de haber construido lo que recibirá ese tráfico. Es como llenar de agua un vaso con agujeros y sorprenderse de que nunca se llene.

Antes de subir el presupuesto de una campaña, te propongo que pases por estas tres preguntas: ¿Qué tiene que hacer exactamente la persona cuando llega a mi página? ¿Está claro para ella, en los primeros cinco segundos, que está en el lugar correcto? ¿El camino entre llegar y hacer lo que quiero que haga tiene la menor fricción posible?

Si las tres tienen respuesta sólida, entonces es el momento de traer tráfico. Si alguna no la tiene, optimizar la campaña sin haber resuelto eso primero es solo gastar más rápido.

¿En cuál de las tres estás tú ahora mismo?

hacer buenas preguntas

Durante años, el que sabía más era el que mandaba. El que tenía la información, el que conocía el proceso, el que podía explicarle a los demás cómo funcionaba la máquina. En el almacén, en la oficina, en la reunión de dirección. El conocimiento era la moneda, y quien más tenía, más valía. Eso era así, y durante mucho tiempo funcionó.

Pero algo ha cambiado. Y no me refiero solo a la inteligencia artificial, aunque sĂ­ tiene que ver con ella.

Me refiero a que hoy cualquiera puede saber casi cualquier cosa en cuestiĂłn de segundos. No importa si eres el director de la empresa o el becario que lleva tres semanas: los dos tienen acceso a la misma informaciĂłn, a las mismas herramientas, al mismo ChatGPT que en dos minutos te redacta un informe, te resume un contrato o te explica cĂłmo funciona un proceso logĂ­stico complejo. La informaciĂłn ya no escasea. Ya no es ventaja competitiva tenerla.

Lo que sí escasea —y mucho— es saber qué preguntarle a todo eso.

El que sabe preguntar llega antes

Tengo un cliente que lleva años trabajando en el sector de la consultoría. Muy bueno en lo suyo, muy técnico, muy sólido. Cuando empezó a usar herramientas de inteligencia artificial, su primera reacción fue la de mucha gente: escribir en el buscador lo mismo que habría escrito en Google. Y claro, los resultados eran mediocres. Genéricos. Inútiles.

Un día se sentó con alguien de su equipo —bastante más joven, con mucho menos recorrido— y vio cómo esta persona le hacía a la misma herramienta preguntas distintas. Preguntas con contexto, con matiz, con restricciones claras. Preguntas que iban al hueso del problema. Y los resultados eran otros. Completamente otros.

Me dijo: «Erick, me di cuenta de que yo sabía más que ella sobre el tema. Pero ella sabía mejor que yo cómo pensarlo.»

Eso es lo que está pasando ahora mismo en miles de empresas. La ventaja no está en el conocimiento acumulado, sino en la capacidad de formular bien el problema. Y eso, curiosamente, es una habilidad que muy poca gente ha entrenado de forma consciente.

Por qué hacer buenas preguntas es más difícil de lo que parece

Hacer buenas preguntas no es solo cuestión de curiosidad ni de inteligencia. Es una habilidad que implica algo incómodo: admitir que no tienes la respuesta todavía. Y hay mucha gente —sobre todo gente con años de experiencia, con autoridad ganada, con un estatus que proteger— que le cuesta horrores hacer eso.

Es como si preguntar bien equivaliera a reconocer una debilidad. Como si hubiera que llegar ya con la respuesta bajo el brazo para que los demás te tomen en serio.

Lo he comprobado en mí mismo muchas veces. Durante mis años en la multinacional, la cultura implícita era esa: el que pregunta demasiado no sabe. El que sabe, ejecuta. Y tardé bastante en entender que ejecutar sin preguntar bien es, la mayoría de las veces, trabajar mucho en la dirección equivocada.

Me explico. Imagina que alguien te pide que «mejores la comunicación del equipo». Podrías ponerte a organizar reuniones, a crear un canal de Slack, a preparar una presentación sobre feedback constructivo. Ejecutar, ejecutar, ejecutar. O podrías preguntarte primero: ¿qué entiende esta persona exactamente por «mejorar la comunicación»? ¿Qué problema concreto está viendo? ¿Cuándo fue la última vez que ese problema le causó un daño real? ¿Qué ha probado ya y no ha funcionado?

La misma peticiĂłn. Preguntas distintas. Resultados radicalmente diferentes.

Hacer buenas preguntas es una forma de pensar, no una técnica

AquĂ­ es donde quiero ir con esto, porque si no, se queda en consejo de gurĂş y no me interesa.

Hay una diferencia enorme entre aprender «las cinco preguntas poderosas del coaching» y desarrollar de verdad el hábito de hacer buenas preguntas. Lo primero es una técnica que aplicas cuando te acuerdas. Lo segundo es una manera de relacionarte con los problemas que cambia cómo piensas, cómo escuchas y cómo tomas decisiones.

Con los años he aprendido que quien hace buenas preguntas suele ver más lejos, no porque sea más listo, sino porque tarda un poco más en dar por sentado que ya sabe de qué va el problema. Y ese retraso —ese pequeño freno antes de arrancar— es exactamente donde está la ventaja.

Piensa en alguien que lleva diez años en un sector. Conoce los procesos, las dinámicas, los nombres de los actores. Eso es valioso. Pero también puede ser una trampa. Porque cuanto más sabes, más fácil es que tu cerebro complete los huecos de información con lo que ya conoce, sin ni siquiera darse cuenta. Y entonces crees que estás analizando una situación nueva cuando en realidad estás aplicando el patrón de una situación anterior que se le parece.

Hacer buenas preguntas es el antídoto a eso. Es la forma de frenar ese piloto automático y obligarte a mirar de verdad lo que tienes delante, no lo que crees que tienes delante.

Y con la inteligencia artificial, esto se multiplica

Volvamos a las herramientas de IA, porque creo que ahĂ­ es donde este tema se vuelve urgente.

Cuando le das a una de estas herramientas una instrucción vaga, te devuelve algo vago. Cuando le das contexto, restricciones, un punto de vista concreto, un formato específico, un para qué claro… la respuesta cambia por completo. La calidad del output depende casi enteramente de la calidad del input. Y el input, en este caso, es tu pregunta.

Esto significa que en los próximos años —y ya está pasando— habrá una brecha creciente entre las personas que saben exprimir estas herramientas y las que no. Y esa brecha no va a depender de quién sabe más de tecnología. Va a depender de quién sabe formular mejor lo que necesita. De quién puede descomponer un problema en sus partes, identificar qué información es relevante y qué no, y articular todo eso de forma que la herramienta pueda ayudar de verdad.

Dicho de otra manera: hacer buenas preguntas va a ser una de las habilidades más cotizadas de los próximos años. Y la mayoría de la gente no la está entrenando porque todavía no la ve como una habilidad. La ve como algo que «se hace solo».

Por dĂłnde empezar si quieres entrenar esto

No voy a darte una lista de preguntas mágicas, porque no creo en eso. Pero sí te puedo decir lo que a mí me ha funcionado.

Lo primero es desarrollar el hábito de preguntarte «¿para qué?» antes de hacer cualquier cosa. No «¿cómo?», no «¿qué?», sino «¿para qué?». Para qué necesito esto. Para qué me lo están pidiendo. Para qué me estoy moviendo en esta dirección. Esa cadena de «para qués» te lleva muy rápido al fondo del asunto, que casi siempre es distinto a lo que parecía en la superficie.

Lo segundo —y esto quizás te sorprenda— es escuchar más despacio. La mayoría de las veces no hacemos buenas preguntas porque no hemos escuchado del todo lo que nos acaban de decir. Estamos preparando la respuesta mientras el otro todavía habla. Y entonces preguntamos sobre lo que hemos filtrado, no sobre lo que realmente se ha dicho.

Y lo tercero es perder el miedo a preguntar lo obvio. Muchas de las mejores preguntas son las que nadie hace porque todo el mundo asume que ya sabe la respuesta. «¿Y esto, exactamente, para quién lo hacemos?» «¿Qué pasaría si no lo hiciéramos?» «¿Cómo sabremos que ha funcionado?» Preguntas simples. Casi infantiles. Y a menudo, las únicas que de verdad importan.

Hace tiempo, el valor de una persona en una sala se medía por cuánto sabía. Hoy, en mi opinión, se mide cada vez más por la calidad de las preguntas que es capaz de hacer. Así que te dejo con una, que me parece la más honesta con la que puedes terminar este artículo: la última vez que te enfrentaste a un problema importante, ¿cuánto tiempo dedicaste a asegurarte de que estabas resolviendo el problema correcto?