La productividad es una forma elegante de huir
Tienes la agenda llena. La lista de tareas está organizada por colores. Usas una app para el tiempo, otra para las notas, otra para los hábitos. Por las mañanas, antes de desayunar, ya llevas veinte minutos «siendo productivo». Y aun así, al final del día, hay algo que no cuadra. Una especie de ruido de fondo que no consigues silenciar, por mucho que taches cosas de la lista.

Conozco esa sensación. Y durante mucho tiempo pensé que el problema era que no era lo suficientemente productivo. Que me faltaba un sistema mejor, una rutina más afinada, quizás madrugar media hora antes.
Me equivocaba. Pero tardé bastante en verlo.
La trampa más sofisticada que conozco
Imagina a alguien que tiene una conversación pendiente con su pareja. Una de esas conversaciones incómodas que llevan semanas postergando. ¿Qué hace? Se pone a reorganizar el armario. Limpia la cocina. Contesta los correos atrasados. Al final del día, ha sido extraordinariamente productivo. Y la conversación sigue sin ocurrir.
Eso, en pequeño, es lo que le pasa a mucha gente con su vida entera.
La obsesión productividad no siempre es ambición. A veces es una huida muy bien disfrazada. Y la clave está en eso: que está disfrazada. De disciplina, de responsabilidad, de compromiso con uno mismo. Nadie te va a criticar por ser productivo. Al contrario: el mundo te lo premia. Te lo aplaude. Te pregunta cómo lo haces.
Y mientras tanto, lo que importa de verdad sigue esperando en la sala de espera.
Ocupado no es lo mismo que avanzando
Me he encontrado muchas veces con personas —clientes, conocidos, gente que me escribe al blog— que me describen días frenéticos, semanas sin respirar, meses enteros a pleno rendimiento. Y cuando les pregunto hacia dónde van con todo eso, se quedan un momento en silencio.
«Bueno… estoy trabajando mucho.»
Sí. Pero ¿hacia dónde?
Es como si alguien subiese al coche, pisase el acelerador a fondo y, cuando le preguntas a dónde va, te dijese: «¿Has visto qué velocidad llevo?» La velocidad no es el destino. El movimiento sin dirección no es progreso: es agotamiento con buena conciencia.
Y aquí está el giro que me parece importante nombrar: la obsesión con la productividad puede servirte para no tener que preguntarte cosas que dan miedo. Preguntas como: ¿Estoy haciendo lo correcto con mi vida? ¿Este trabajo tiene sentido para mí? ¿Hacia dónde voy realmente? ¿Soy feliz?
Son preguntas incómodas. Y si tienes la agenda llena, técnicamente nunca tienes tiempo para hacértelas.
Qué conveniente.
El momento en que lo vi con claridad
Hubo una época, dentro de la multinacional, en la que yo era muy eficiente. Gestionaba equipos, viajaba, resolvía problemas, cumplía objetivos. Desde fuera, todo tenía un aspecto impecable. Y por dentro, algo no encajaba. Pero era tan fácil no escucharlo… porque siempre había algo urgente que atender.
Lo urgente ocupa toda la pantalla. Cuando vives instalado en la urgencia, lo importante nunca encuentra hueco. Y lo importante, a diferencia de lo urgente, no grita. Espera. Pacientemente. Hasta que un día ya no espera más.
Para mí ese día fue una conversación con un formador en una casa rural cerca de Girona. Dijo algo que me resonó como un gong: que nunca podemos ser en el trabajo personas distintas a las que somos en nuestra vida privada. Levanté la mano para contradecirle. Pero esa noche no dormí. Porque en el fondo sabía que tenía razón, y que yo llevaba años siendo exactamente eso: dos personas distintas. Y cuanto más productivo era en el trabajo, menos me quedaba para el resto.
Eso no aparece en ninguna app de productividad.
¿Para qué sirve tanto hacer?
Te propongo un ejercicio muy sencillo, y que al mismo tiempo puede resultar bastante incómodo. Coge tu lista de tareas de hoy —o de esta semana— y hazte una pregunta por cada punto: ¿para qué?
No «¿para qué sirve esto?» en abstracto. Sino: ¿para qué lo hago yo? ¿Qué consecuencia espero? ¿Qué cambia en mi vida si lo hago o si no lo hago?
Como he visto muchas veces, esta pregunta desinfla una parte importante de la lista. Porque hay cosas que hacemos por inercia, por costumbre, porque «siempre se ha hecho así», o simplemente porque tener la lista larga nos da una sensación de control que de otra forma no tendríamos.
El «para qué» es la pregunta que separa el hacer con sentido del hacer por hacer. Y no hay respuestas buenas o malas: cada uno tendrá que encontrar las suyas. Pero si evitas la pregunta sistemáticamente, eso ya es una respuesta.
La productividad al servicio de qué
No te estoy diciendo que ser productivo sea malo. Sería absurdo. Lo que sí creo, y lo he comprobado en mí mismo y en mis clientes, es que la productividad es una herramienta, no un fin en sí mismo. Y como todas las herramientas, su valor depende de para qué la uses.
Un martillo es útil cuando tienes un clavo. Si no hay clavo, golpear cosas con el martillo no te lleva a ningún sitio. Y si tienes miedo de mirar si hay clavo o no, golpear paredes al azar te mantiene ocupado, sí. Pero la pared sigue entera.
La obsesión productividad, en mi opinión, es muchas veces eso: el martillo buscando desesperadamente una pared donde golpear, porque parar un momento a mirar alrededor da demasiado vértigo.
El vértigo no es la señal de que algo va mal. El vértigo es la señal de que estás mirando hacia abajo desde una altura real. Y eso, aunque no lo parezca, es un buen sitio desde el que empezar a ver las cosas desde otro nivel.
El coste de no parar nunca
Hay algo que me gusta recordar cuando hablo de energía: cada mañana amaneces con un frasco de energía que es finito. Todo lo gasta. Las reuniones, las decisiones, las notificaciones, el estrés, las listas interminables. Y ese frasco solo se regenera de verdad durmiendo y, me atrevería a añadir, desconectando de verdad.
El problema de la persona atrapada en la obsesión productividad es que vierte el frasco entero cada día sin preguntarse nunca si lo está vertiendo en el sitio correcto. Y al final de la semana está agotada, sí, pero sobre todo está vacía. Y no sabe muy bien por qué, porque ha sido muy productiva.
El agotamiento sin sentido es el más pesado de todos. No es como el cansancio después de hacer algo que importa, que tiene una textura completamente distinta. Es un cansancio hueco. Y si lo reconoces mientras lees esto, te invito a que te quedes un momento con esa sensación en lugar de pasar inmediatamente a la siguiente tarea.
Porque probablemente esa sensación tiene algo que decirte. Y lleva un tiempo esperando que le hagas caso.
La pregunta no es cómo ser más productivo. La pregunta es: ¿de qué estás huyendo cuando no paras?


