Vive surfeando

adaptarse a los cambios

Hay personas que, cuando algo cambia, se paralizan. Otras se quejan. Y hay un tercer grupo —más pequeño, no lo voy a negar— que parece moverse con el cambio como si lo hubiera estado esperando. Durante años me pregunté qué tenían esas personas que yo no tenía. Tardé un tiempo en darme cuenta de que la pregunta estaba mal planteada desde el principio.

adaptarse a los cambios

Adaptarse a los cambios no es una habilidad que se tiene o no se tiene

Piensa en alguien que aprende a surfear. El primer día en el agua no es bonito. Cae, traga sal, la tabla le golpea, y la ola —que desde la orilla parecía manejable— de cerca resulta ser algo completamente distinto. Y sin embargo, hay una cosa que ese alguien aprende muy rápido si quiere sobrevivir: la ola no negocia. No puedes pedirle que llegue más despacio, que sea más pequeña, que espere a que estés listo. La ola llega cuando llega y del tamaño que tiene.

Lo que sí puedes hacer —y esto lo cambia todo— es decidir dónde estás parado cuando llega.

Me explico. La diferencia entre quien surfa y quien se ahoga no está en la fuerza de la ola. Está en si la persona estaba mirando al horizonte o mirando al suelo. Está en si llevaba la tabla bien posicionada o mal. Está en si había aprendido a leer el agua o iba a ciegas. El cambio, en mi opinión, funciona exactamente igual. No puedes controlar que llegue. Pero sí puedes controlar dónde estás cuando aparece.

El error que cometemos casi todos

Cuando algo cambia —el mercado, un cliente, una tecnología, una relación, una norma— lo primero que hacemos es intentar que no cambie. O, si ya ha cambiado, intentar volver a lo que había antes. Lo he visto muchas veces, y me ha pasado a mí también: gastamos una energía enorme en resistir algo que ya ocurrió. Es como si alguien se empeñara en empujar la ola de vuelta al mar.

Recuerdo una conversación con un cliente que llevaba meses quejándose de que su sector había cambiado. Su modelo de negocio, que durante años había funcionado perfectamente, había dejado de funcionar. Y él seguía explicándome, con todo lujo de detalles, por qué el cambio era injusto, prematuro e innecesario. Puede que tuviera razón en todo lo que decía. Pero mientras seguía con ese análisis, la competencia —que había aceptado la nueva realidad mucho antes— le estaba comiendo el terreno.

Lo que le dije entonces, y que sigo creyendo, es esto: el problema no era el cambio. El problema era que estaba gastando toda su energía en la parte de la ecuación que ya no era suya. Si tienes un frasco de energía que se rellena cada noche mientras duermes —y créeme, ese frasco es más pequeño de lo que crees— gastar la mitad en pelear contra lo que ya ocurrió es un lujo que muy pocos se pueden permitir.

Vive surfeando

Hay una frase que escuché hace años y que se me quedó grabada: «el surf no consiste en detener las olas, consiste en aprender a montarlas.» Parece obvio, ¿verdad? Y sin embargo, en cuanto el cambio nos toca de cerca, lo primero que hacemos es exactamente lo contrario: intentar detener la ola.

Adaptarse a los cambios, en mi opinión, no es resignarse. Eso es lo que nos confunde. Resignarse es quedarse en el agua sin tabla, esperando que pase. Adaptarse es algo completamente diferente: es leer la ola, colocarte bien y decidir qué haces con lo que tienes en la mano. No te hace falta que la ola sea perfecta. Te hace falta tú estar listo.

Y aquí está la parte que nadie te cuenta: para estar listo cuando la ola llegue, tienes que estar mirando al horizonte cuando todavía no hay nada. La mayoría esperamos a que el cambio ya esté encima para empezar a pensar qué hacemos. Para entonces, el margen de maniobra es mínimo.

La pregunta que vale la pena hacerse antes de que llegue la ola

He llegado a la conclusión de que las personas que parecen adaptarse bien a los cambios no tienen poderes especiales. Simplemente se hacen unas preguntas distintas. Mientras la mayoría pregunta «¿por qué ha cambiado esto?» o «¿cuándo volverá a ser como antes?», ellas preguntan algo diferente: «dado que esto ya ha cambiado, ¿qué puedo hacer yo ahora?»

Es un giro pequeño en la formulación. Pero es enorme en la dirección que te da.

Hay una cosa que me resulta útil —y que te invito a que pruebes— cuando noto que un cambio me está generando resistencia. Me pregunto: ¿estoy gastando energía en algo que ya ocurrió, o en algo que todavía puedo mover? Si lo que me preocupa está en el pasado, no es un problema: es un dato. Y los datos no se resuelven, se usan.

Dicho de otra manera: si el mercado cambió, ese es el mapa. Puedes quejarte del mapa todo lo que quieras, pero el terreno sigue siendo el que es. La pregunta útil no es si el mapa es justo, sino qué camino tomas con ese mapa en la mano.

Adaptarse no significa moverse sin rumbo

Quiero matizar algo, porque si no lo matizo puede sonar a que adaptarse a los cambios significa ir donde el viento lleve, sin criterio ni dirección. Y no es eso.

El surfista no va a donde la ola quiere. El surfista usa la energía de la ola para ir donde él decide ir. Esa es la diferencia entre adaptación y deriva. La deriva es pasiva: te lleva el cambio. La adaptación es activa: usas el cambio para moverte en la dirección que tú has elegido.

He comprobado en mí mismo y en mis clientes que los momentos de cambio —los que en el momento duelen más— son casi siempre los que, con perspectiva, resultan haber sido los más importantes. No porque el cambio fuera bueno en sí mismo, sino porque obligaron a moverse a quien de otra manera se habría quedado quieto. La incomodidad del cambio tiene esa función: te saca del sitio donde ya no te hacía bien estar.

Si te interesa revisar si lo que te bloquea ante un cambio es realmente el problema que crees que es, probablemente valga la pena dar un paso atrás antes de entrar en modo solución.

Lo que el surf te enseña que la orilla no puede

Hay cosas que solo se aprenden mojándose. Puedes leer todo lo que quieras sobre adaptación, puedes hacer cursos, puedes escuchar podcasts. Pero la única manera real de aprender a adaptarte a los cambios es haberlos atravesado. Eso significa que cada vez que algo cambia y tú lo atraviesas —aunque lo hagas mal, aunque caigas, aunque tragues agua— estás construyendo algo que no se construye de otra manera.

No te oculto que yo tardé en entender esto. Durante mucho tiempo confundí la estabilidad con la seguridad. Creía que cuanto menos cambiaran las cosas, más seguro estaba. Hasta que me di cuenta de que la única seguridad real no viene de que el entorno no cambie —porque el entorno siempre cambia— sino de saber que, si cambia, tú sabes qué hacer con eso. La seguridad verdadera no es externa: es la certeza de que puedes moverte.

Así que la pregunta no es si vas a tener que adaptarte a los cambios. Eso ya lo sé: sí. La pregunta es si cuando llegue la próxima ola vas a estar mirando al horizonte o mirando al suelo.