Tu objetivo tiene otros objetivos dentro
Tienes un objetivo claro. Lo tienes escrito, quizás pegado en algún sitio donde lo ves cada mañana. Sabes lo que quieres. Y sin embargo hay algo que no termina de encajar, una especie de incomodidad que no consigues nombrar del todo, como si persiguieras algo que siempre está a unos pasos por delante de ti. ¿Te suena esto? Si es así, te invito a que sigas leyendo, porque lo que voy a contarte tiene que ver exactamente con eso: con los objetivos dentro de objetivos que no estás viendo.

El objetivo que crees que tienes
Déjame ponerte en situación. Hace unos años trabajé con un coach —un profesional bueno de verdad, de esos que escuchan de verdad— que tenía un problema muy concreto: no le salían las cuentas. Me explicó su servicio con detalle: una sesión inicial de exploración, seis sesiones de seguimiento, y un email de cierre. Todo muy bien estructurado, muy profesional. Su objetivo, me dijo, era «llegar a veinte clientes mensuales». Veinte clientes. Lo tenía clarísimo.
Me senté con él a hacer números. Cada cliente le ocupaba, entre la preparación, la sesión y el email posterior, aproximadamente dos horas y media. Veinte clientes: cincuenta horas al mes dedicadas solo a la entrega del servicio. Más la captación, más las propuestas, más la gestión administrativa. En total, más de ochenta horas mensuales para un negocio que, con esos precios, no llegaba a cubrirle los gastos fijos.
Su objetivo era llegar a veinte clientes. Pero su problema real no era de volumen. Era de estructura.
Le pregunté: «¿Para qué quieres veinte clientes?» Me miró como si la pregunta fuera obvia. «Para tener más ingresos.» «¿Y para qué quieres más ingresos?» Silencio. «Para poder dejar de preocuparme por el dinero y hacer solo lo que me gusta.» «¿Y para qué quieres eso?» Otro silencio, más largo. «Supongo… para ser feliz haciendo lo que me apasiona.»
Ahí estaba.
Las matrioskas
Seguro que conoces las matrioskas, esas muñecas rusas de madera que se abren por la mitad y dentro tienen otra, y dentro otra, y así hasta llegar a la más pequeña que ya no se abre. Son preciosas, y son exactamente lo que son tus objetivos.
Todo objetivo que tienes —absolutamente todo— tiene objetivos dentro de objetivos. Y si tiras del hilo con una sola pregunta, siempre la misma, llegas invariablemente al mismo sitio. La pregunta es «¿para qué?». No «¿por qué?», que te lleva hacia el pasado. «¿Para qué?», que te lleva hacia adelante.
¿Para qué quieres facturar más? Para tener más tranquilidad económica. ¿Para qué quieres más tranquilidad económica? Para dejar de trabajar bajo presión. ¿Para qué quieres dejar de trabajar bajo presión? Para disfrutar más de lo que haces. ¿Para qué quieres disfrutar más de lo que haces? Para ser feliz.
Siempre termina igual.
Y ahí está el problema —o mejor dicho, la oportunidad— porque a mitad de ese camino de preguntas descubres algo incómodo: que el objetivo por el que llevas meses, quizás años, peleando, era solo el envoltorio. La muñeca más grande. No la esencia.
Lo que pasó aquella noche en Girona
En 2010 asistí a una formación en una casa rural cerca de Girona. El formador era un tipo con una capacidad extraordinaria para decir cosas que parecen sencillas y que sin embargo se te quedan resonando días enteros. En un momento de la jornada dijo algo que me hizo levantar la mano para contradecirle: «nunca podemos ser en el trabajo personas distintas a las que somos en nuestra vida privada.»
Le dije que no estaba de acuerdo. Que si en mi vida privada fuese como era en mi vida profesional, muy difícilmente tendría amigos que pudieran aguantarme. Se rio. Y luego me dijo algo que no recuerdo con exactitud pero que sonó —y lo digo literalmente— como un gong tibetano dentro de mi cabeza.
No dormí esa noche.
Porque lo que me había dicho no era una crítica ni un consejo. Era una pregunta disfrazada de afirmación. Me estaba pidiendo que mirara desde más arriba. Que dejara de ver el árbol —mis comportamientos en el trabajo, mis objetivos profesionales, mis estrategias— y viera el bosque: quién era yo, en realidad, y si lo que perseguía tenía algo que ver con esa persona.
Y la respuesta, esa noche, era que no. Que llevaba años corriendo detrás de objetivos que no habían pasado por ese filtro tan básico. Objetivos que eran muñecas vacías por fuera, sin nada dentro.
El error más honesto que conozco
Lo que le pasaba a ese coach no era falta de esfuerzo ni falta de talento. Era que había confundido la muñeca grande con el regalo. Había puesto toda su energía en conseguir veinte clientes sin preguntarse si veinte clientes le acercaban o le alejaban de lo que de verdad quería.
Y este error, te lo confieso, es uno de los más honestos que existen. Porque no nace de la pereza ni del engaño. Nace de tener las ideas claras. Y paradójicamente, tener las ideas demasiado claras sobre el objetivo equivocado es peor que tener las ideas confusas sobre el objetivo correcto. Con confusión, al menos, sigues buscando. Con claridad falsa, dejas de hacerte preguntas.
Dicho de otra manera: la certeza puede ser tu mayor obstáculo.
¿Y entonces qué haces?
Lo que hicimos con él fue sencillo, aunque no fue fácil. Granulamos el servicio. Separamos las piezas, les pusimos precio por separado, y rediseñamos el modelo para que cada hora de su trabajo tuviera un valor real. No hacía falta llegar a veinte clientes. Con la mitad, bien estructurado, llegaba a donde quería llegar. Y el tiempo que ganaba podía dedicarlo a las cosas que le hacían sentir que su trabajo tenía sentido.
No le resolví su objetivo. Le cambié la pregunta.
Eso es lo que hace el ejercicio de las matrioskas. No te dice qué objetivo perseguir. Te muestra cuántas capas hay entre donde estás y lo que de verdad buscas, para que puedas decidir con los ojos abiertos si el camino que has elegido te lleva allí o no.
Y a veces —muchas más veces de las que imaginamos— descubres que estabas resolviendo con toda tu energía la pregunta equivocada. No porque fueras descuidado. Sino porque la pregunta correcta era menos cómoda y la habías guardado en un cajón.
Cómo hacer el ejercicio
Te propongo algo concreto. Coge el objetivo que ahora mismo te ocupa más espacio mental —ese que tienes escrito o que repites en tu cabeza— y escríbelo en un papel. Luego pregúntate en voz alta, de verdad, no de forma retórica: ¿para qué quiero esto?
Escribe la respuesta. Vuélvete a preguntar lo mismo. Escribe. Repite.
Cinco veces suele ser suficiente. En algún punto entre la segunda y la quinta respuesta vas a encontrar algo que no esperabas. Una palabra que no habías usado antes. Un valor que no sabías que estaba ahí. O, quizás, la incómoda constatación de que el objetivo que persigues no tiene nada que ver con lo que de verdad te importa.
No hay respuestas buenas ni malas en este ejercicio. Lo que hay es claridad. Y la claridad, aunque a veces duela, siempre es un regalo mejor que la certeza falsa.
Porque una vez que sabes qué hay dentro de tu objetivo, puedes decidir si vale la pena seguir abriendo muñecas. O si ya encontraste, por fin, la que no se abre.
Así que dime: ¿cuándo fue la última vez que te preguntaste para qué quieres lo que dices querer?


