decisiones

Hay una decisión que llevas semanas aplazando. Lo sabes. Está ahí, en algún rincón de tu cabeza, ocupando espacio, gastando energía, apareciendo cuando menos la llamas. Y cada día que pasa sin tomarla no es un día neutral: es un día en el que, de alguna manera, ya has decidido no decidir. Que también es una decisión. Solo que esta te la cobra dos veces.

El problema no son las decisiones difíciles

Cuando alguien me dice que le cuesta tomar decisiones, lo primero que pienso es que probablemente está mirando el problema desde demasiado cerca. Porque si te acercas mucho a cualquier cosa, deja de tener forma reconocible. Y una decisión vista desde dentro —con todos sus miedos, sus posibles errores, sus consecuencias imaginadas— se convierte en algo tan grande que paraliza.

Lo que me suele decir la gente es algo así: «Es que tengo miedo de equivocarme.» O: «Es que no tengo suficiente información.» O: «Es que esta decisión lo cambia todo.»

Y puede que tengan razón en alguna de esas cosas. Pero casi siempre hay algo más debajo.

En 2010 estuve en una casa rural cerca de Girona, en una jornada de formación. El formador dijo algo que no esperaba: que nunca podemos ser en el trabajo personas distintas a las que somos en nuestra vida privada. Levanté la mano. Le dije que no estaba de acuerdo, que si en mi vida privada fuese como era en mi vida profesional, muy difícilmente tendría amigos que pudiesen aguantarme. Sus palabras me resonaron como un gong tibetano. No dormí esa noche.

No dormí porque me di cuenta de que llevaba años aplazando una decisión enorme —la de si seguir en la multinacional o no— disfrazándola de prudencia, de responsabilidad, de falta de información suficiente. Cuando en realidad el problema no era la decisión. Era que no me conocía lo suficiente a mí mismo como para saber qué quería.

Eso es lo que suele pasar con las decisiones que no tomamos. No es que sean difíciles. Es que nos revelan algo que preferimos no ver.

Lo que de verdad bloquea tus decisiones

Te lo digo con la honestidad que me permito en este blog: el bloqueo ante las decisiones rara vez tiene que ver con la decisión en sí. Casi siempre tiene que ver con una de estas tres cosas.

La primera: no tienes claro qué quieres realmente. Y si no sabes adónde quieres ir, cualquier camino te parece igual de bueno o igual de malo. Es como intentar elegir la salida de una autopista cuando no sabes en qué ciudad quieres acabar.

La segunda: tienes miedo de las consecuencias. No de las reales —que a veces ni sabes cuáles serían— sino de las imaginadas. Y tu cabeza, que es muy creativa cuando se trata de protegerte, se inventa escenarios cada vez más catastróficos. Cuanto más tiempo pasa, más elaborados se vuelven esos escenarios. Y más paralizado te quedas.

La tercera —y esta es la más dura— es que en el fondo ya sabes qué deberías decidir. Pero esa decisión tiene un coste real: incomodar a alguien, renunciar a algo, admitir que te equivocaste. Y aplazar la decisión es una forma de no pagar ese coste todavía.

Ninguna de las tres se resuelve buscando más información. Ninguna se resuelve esperando a tener más tiempo. Y desde luego ninguna se resuelve sola.

Subir un piso para ver la decisión desde arriba

Hay una herramienta que uso desde hace años y que llamo las matrioskas. Funciona así: cuando tienes que tomar una decisión y no sabes por dónde tirar, en lugar de preguntarte «¿qué hago?», te preguntas «¿para qué?» Y cuando tienes la respuesta, vuelves a preguntar «¿para qué?» Y así hasta que llegas al fondo.

Me explico con un ejemplo concreto. Alguien me dice: «No sé si cambiar de trabajo.» Le pregunto para qué quiere cambiar. «Para ganar más dinero.» ¿Para qué quieres ganar más dinero? «Para tener más tranquilidad.» ¿Para qué quieres tener más tranquilidad? «Para disfrutar más de mi familia.» ¿Para qué quieres disfrutar más de tu familia? «Para ser feliz.»

Y ahí está. Siempre acaba en el mismo sitio.

Pero lo interesante no es el fondo. Lo interesante es lo que encuentras a mitad del camino. Porque a veces, cuando llegas a «tener más tranquilidad», te das cuenta de que eso no lo vas a conseguir cambiando de trabajo, sino cambiando algo en tu relación con el trabajo actual. O que lo que realmente necesitas no es más dinero sino menos gastos. O que el problema no es el trabajo: es que llevas meses sin dormir bien y todo lo ves negro.

Dicho de otra manera: la pregunta «¿qué decisión tomo?» a veces es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es «¿para qué quiero lo que creo querer?»

Cuando aprendes a tomar decisiones desde esa altura, el proceso se vuelve más claro. No más fácil, necesariamente. Pero más claro. Y la claridad es lo que acorta el tiempo de decisión de semanas a minutos.

La trampa de esperar a tener toda la información

Hay algo que me repito a mí mismo cuando me enredo: nunca vas a tener toda la información. Nunca. Y esperar a tenerla es otra forma de no decidir.

En diciembre de 2010 mi jefe llegó de Luxemburgo con una propuesta sobre la mesa: traslado a una capital europea, sueldo casi el doble, beneficios en especie. Una promoción que cualquiera en mi posición habría firmado sin pensarlo dos veces. Y yo le miré a los ojos y le dije: «Toda mi vida estaré agradecido a esta empresa. Pero hoy estoy convencido de que nuestros caminos se han de separar.»

¿Tenía toda la información? No. ¿Sabía exactamente qué iba a pasar después? No tenía ni idea. ¿Tenía garantías de que iba a salir bien? Ninguna.

Pero había algo que sí tenía claro, y era lo único que necesitaba: sabía qué quería y sabía qué no quería. El resto era ruido.

Esa es la diferencia entre una decisión rápida y una decisión precipitada. La precipitada no tiene base. La rápida la tiene, solo que la base no es información externa: es claridad interna. Saber quién eres y qué importa de verdad en este momento de tu vida.

Cuando eso está claro, las decisiones no se toman rápido porque seas valiente o impulsivo. Se toman rápido porque ya no hay nada que pensar. Los datos ya estaban. Solo faltaba subirte un piso para verlos todos juntos.

Lo que sí puedes hacer hoy

No te voy a dar una lista de pasos. No me gusta ese formato y además no creo que funcione para esto.

Lo que sí te propongo es una sola cosa: coge esa decisión que llevas aplazando y hazte la pregunta de las matrioskas. «¿Para qué quiero lo que creo que quiero?» Y no pares hasta que llegues al fondo. Escríbelo si hace falta. El papel aguanta mejor la honestidad que la cabeza.

Es probable que en algún punto del camino te encuentres con algo incómodo. Una respuesta que no esperabas. Una revelación pequeña pero molesta. Eso no es una señal de que vas mal: es exactamente la señal de que vas bien.

Porque las decisiones que más nos cuestan tomar no son las más complicadas. Son las que nos piden que seamos honestos con nosotros mismos sobre algo que preferíamos no ver. Y eso, te lo confieso, nunca se vuelve completamente cómodo. A mí tampoco.

La pregunta que me hago cuando llevo demasiado tiempo dando vueltas a algo es siempre la misma: ¿estoy buscando más información, o estoy buscando el valor de actuar con la que ya tengo?

¿Cuál es tu respuesta?