Hoy cumplo 51. Mañana el mundo seguirá igual

Hoy cumplo 51 años.

No voy a escribir que la edad es solo un número, porque no es verdad. Los años son tiempo vivido, pero también tiempo gastado.

Este año no he aprendido nada nuevo. He conseguido sentir algo que sabía desde los veinte:

El mundo seguirá igual.

Ya está. Esa es la lección.

Y, por extraño que parezca, ya no me parece una derrota. Me parece una liberación.

Hay una distancia enorme entre saber una cosa y vivir como si realmente la supieras.

A los veinte lo habría contestado bien en un examen. El mundo es grande, yo soy pequeño, mi opinión no mueve nada. Verdadero. Aprobado.

Y sin embargo discutía. En las cenas, en las reuniones, en internet cuando internet todavía parecía un sitio donde discutir servía de algo. Discutía con la convicción de quien cree que la frase correcta, dicha en el momento correcto, hará que alguien cambie de opinión delante de él.

No ocurrió nunca. Ni una vez. Y aun así seguía.

Esa es la parte que me interesa. No que estuviera equivocado, sino que no lo estuviera. Sabía la verdad y actuaba como si no la supiera. Durante treinta años.

Lo del mundo es lo de menos.

Lo grave es lo otro, lo que he tardado cincuenta años en ver.

Yo siempre he presumido de no haber hecho nunca nada impuesto. Nadie me ha dicho qué estudiar, dónde vivir, a qué dedicarme. Cada decisión importante la he tomado yo, y es una de las cosas de las que más orgulloso he estado.

Aparentemente.

Elegí el Liceo Scientifico con quince años. Lo elegí libremente, o eso creía. La razón real, la que he tardado décadas en decirme, es que todo el mundo decía que era el más difícil. No lo elegí porque me gustara la física. Lo elegí porque era el más difícil.

Años después elegí Ingeniería. ¿Adivinas por qué? Porque alguien dijo delante de mí que era una carrera dura.

Durante mucho tiempo me conté que eso era carácter. Que soy de los que necesitan ponerse a prueba. Suena bien. Lo he escrito así, incluso.

Pero hay otra explicación y a los 51 ya no puedo fingir que no la veo: si eliges siempre lo más difícil, tienes el fracaso pagado por adelantado.

Fracasar en algo complicado no es fracasar del todo. Es casi honorable. Nadie te pregunta nada. Fracasar en algo fácil, en cambio, no tiene coartada.

No sé cuál de las dos es la verdadera. Puede que las dos, según el día. Lo único que sé es que llevo desde los quince años eligiendo con un criterio que nunca examiné, convencido de estar eligiendo libre.

Y entonces, a los 36, dije basta.

Es la historia que cuento, la que da título a mi libro, la que me define para mucha gente.

Pero incluso ahí. Aquella multinacional no me la impuso nadie: entré convencido de que lo mejor que podía hacer alguien que había estudiado tantos años era subir escalones y llegar algún día a un puesto de poder. Nadie me obligó a pensarlo. Simplemente no se me ocurrió que pudiera pensarse de otra manera.

Y dejarla fue, otra vez, la opción más difícil de todas las que tenía sobre la mesa.

Con lo cual ya no sé si me fui porque era lo correcto o porque era lo complicado.

Después construí una vida que también me tiene atrapado. Menos horas de oficina y más de todo lo demás. Un teléfono que no se apaga. Clientes que no son un jefe pero son doce jefes. Una responsabilidad que no termina nunca porque no hay nadie por encima que la cierre por ti.

Estas cadenas las puse yo.

Igual que puse las anteriores.

Cuando crees que la jaula te la puso otro, tienes a quien culpar y una puerta por la que salir dando un portazo. Cuando reconoces que la has construido tú tres veces seguidas, siempre con el mismo criterio y siempre convencido de estar eligiendo libre, no hay portazo posible. Solo queda mirarla y preguntarse por qué estás eligiendo lo que estás eligiendo ahora mismo.

Nada de esto desmiente lo que he escrito antes. Lo volvería a hacer todo. Lo digo porque a los 51 ya no me sirve la versión limpia de mi propia historia.

No soy más coherente. Solo me descubro antes

Esa es la única conquista real de estos años.

A los 25 podían pasar años entre hacer algo que contradecía lo que pensaba y darme cuenta. A veces pasaban tantos que ya no había nada que corregir, solo que lamentar.

Hoy puede pasar una tarde. A veces menos.

No he dejado de ser incoherente. He reducido el tiempo que necesito para descubrirlo.

Y no prometo ser perfectamente coherente, porque no lo es nadie —aunque algunos hayan construido un relato lo bastante cerrado como para no ver sus propias contradicciones.

Eso sí: darse cuenta obliga. En el momento en que ves la contradicción y decides no hacer nada, ya no es una incoherencia. Es una elección. Y de las elecciones sí respondes.

A los 51 no prometo cambiar de vida.

Tampoco prometo trabajar menos, apagar más veces el teléfono ni convertirme de repente en una persona coherente. Ya he hecho promesas así y sé cómo terminan.

Prometo tres cosas más pequeñas.

Preguntarme por qué. Cada vez que tenga delante una decisión que importe, pararme el tiempo suficiente para saber si la estoy eligiendo yo o la está eligiendo aquel chaval de quince años que se apuntó a lo más difícil para tener una coartada. No prometo acertar. Prometo preguntar.

Salirme antes de las discusiones cuyo final ya conozco. No por superioridad, sino por aritmética. A los 25 el tiempo parecía infinito y podía permitirme regalarlo. A los 51 ya he hecho la cuenta y no me sale.

Irme antes. De las conversaciones que restan, de las mesas donde no pinto nada, de las relaciones que se acabaron hace tiempo y sigo alargando por no tener el mal rato. Prometo tener el mal rato.

Eso es todo. Tres promesas que no cambiarán el mundo y que probablemente solo notarán las cuatro o cinco personas que me tratan de cerca.

Pero es lo único que realmente está en mis manos. Y a los 51, después de tantos años intentando mover lo que no se movía, empiezo a sospechar que era lo único que tenía sentido mover desde el principio.

Mañana el mundo seguirá igual.

Yo también, seguramente, en muchas cosas.

Pero quizá tarde un poco menos en darme cuenta.

Nos vemos el 25 de agosto de 2027. Entonces os diré cuáles he cumplido.