Tu objetivo tiene otros objetivos dentro

objetivos dentro de objetivos

Llevas semanas —quizás meses— dándole vueltas al mismo objetivo. Lo tienes anotado, lo ves cada mañana, y aun así algo no termina de cuadrar. No es que no avances. Es que no sabes muy bien por qué avanzar. Y esa diferencia, que parece pequeña, lo es todo.

objetivos dentro de objetivos

El problema con los objetivos que te pones

Cuando alguien me dice «quiero ganar más dinero», mi primera reacción —y lo he aprendido a golpes, no en ningún manual— es no moverme de ahí. No empezar a hablar de estrategias ni de planes de acción. Quedarme quieto y preguntar una sola cosa: ¿para qué quieres ganar más dinero?

La respuesta suele llegar rápido. «Para poder irme de vacaciones sin mirar el precio de los billetes.» Bien. ¿Y para qué quieres poder irte de vacaciones sin mirar el precio de los billetes? «Para no sentir esa angustia de cada agosto.» ¿Y para qué no quieres sentir esa angustia? «Para… desconectar de verdad. Para estar presente con mi familia.»

Ahí para.

Lo que empezó siendo un objetivo económico —ganar más dinero— resulta que era el envoltorio de algo completamente distinto: estar presente con su familia. Y lo curioso es que, si le preguntas cómo podría estar más presente con su familia sin ganar más dinero, a veces tiene diez respuestas en dos minutos. El objetivo que creía que tenía no era su objetivo real. Era solo la capa de fuera.

Las matrioskas y los objetivos dentro de objetivos

Seguramente conoces las matrioskas, esas muñecas rusas que se abren por la mitad y dentro tienen otra muñeca, y dentro otra, y otra. Pues así funcionan los objetivos. Todo objetivo tiene otros objetivos dentro. Y la mayoría de las veces nos quedamos peleando con la muñeca de fuera sin abrir ninguna.

El proceso para abrirlas es siempre el mismo: preguntar «¿para qué?» en cadena. No «¿por qué?», que te lleva al pasado y a las justificaciones. «¿Para qué?», que te lleva hacia adelante y hacia lo que de verdad importa.

Me explico. Hay una diferencia enorme entre «¿por qué quieres montar un negocio?» y «¿para qué quieres montar un negocio?». La primera pregunta te lleva a contar una historia sobre lo que te ha pasado. La segunda te obliga a mirar hacia dónde vas. Y es en ese «hacia dónde» donde está la información útil.

Lo he comprobado en mí mismo y en mis clientes muchas veces: cuando alguien no sabe por dónde empezar, casi siempre es porque no ha terminado de abrir las matrioskas. No es un problema de planificación. Es un problema de claridad sobre lo que hay dentro.

¿Qué encuentras cuando llegas al fondo?

Si haces el ejercicio con honestidad —y te advierto que al principio da un poco de vértigo— llegas siempre al mismo sitio. Da igual que el objetivo de partida sea «quiero adelgazar», «quiero cambiar de trabajo», «quiero que mi empresa facture el doble» o «quiero aprender a tocar la guitarra». Si preguntas «¿para qué?» suficientes veces, la última respuesta siempre tiene la misma forma:

…para ser feliz.

O para estar tranquilo. O para sentirme libre. O para no tener miedo. Son palabras distintas que apuntan al mismo lugar.

Y aquí viene lo que a mí me resultó más desconcertante cuando lo vi por primera vez: si el fondo es siempre el mismo, lo que cambia de persona a persona es el camino que cada uno cree que lleva hasta allí. Y muchas veces ese camino que hemos elegido —ese objetivo que defendemos con uñas y dientes— no es el más corto, ni el más directo, ni siquiera el que va en la dirección correcta.

Piensa en alguien que lleva tres años diciéndose que necesita comprarse una casa para sentirse estable. Tres años ahorrando, renunciando, posponiendo. Y cuando le preguntas para qué necesita sentirse estable, resulta que lo que busca es dejar de sentir que su vida está en pausa. Que lo que le pesa no es el alquiler: es la sensación de que nada avanza. Y esa sensación no desaparece con las llaves de un piso. Desaparece cuando toma decisiones. Cualquier decisión.

El objetivo que se había puesto era real. El análisis que lo sostenía, no.

Cómo hacer el ejercicio sin engañarte

Te propongo que lo hagas ahora, con el objetivo que tengas más encima de la mesa. El que más te preocupa o el que más te bloquea. Escríbelo en un papel —en papel, no en el móvil, que es distinto— y debajo escribe «¿para qué?»

Respóndete. Y vuelve a preguntar «¿para qué?» a esa respuesta. Y otra vez. Y otra.

Cuando notes que empiezas a repetirte, que las respuestas empiezan a sonar todas igual, que ya no tienes más capas que abrir… has llegado al fondo. Eso que tienes ahí es lo que de verdad estás buscando.

Ahora mira el objetivo con el que empezaste. Y hazte una pregunta honesta: ¿es este objetivo el camino más directo hacia lo que acabo de escribir?

A veces la respuesta es sí, y entonces tienes una claridad que antes no tenías: sabes por qué luchas, y eso lo cambia todo. A veces la respuesta es no, y entonces tienes algo igual de valioso: la posibilidad de no seguir invirtiendo energía en una dirección que no lleva a ningún sitio que te importe de verdad.

Con los años he aprendido que la mayoría del agotamiento que sentimos no viene del trabajo en sí, sino de trabajar mucho en la dirección equivocada. Es como remar con fuerza pero en sentido contrario a la corriente. El esfuerzo es real. El resultado, frustrante.

Un detalle que cambia todo

Hay algo que me parece importante aclarar, porque si no lo digo, este ejercicio puede convertirse en una trampa. Abrir las matrioskas no significa que el objetivo de fuera no importe. Si necesitas ganar más dinero, necesitas ganar más dinero, y calcular la rentabilidad real de lo que haces sigue siendo necesario. Las capas de dentro no anulan las de fuera.

Lo que cambia es el orden. Cuando sabes lo que hay en el fondo, puedes construir desde allí hacia afuera, en lugar de empezar por el envoltorio y esperar que el contenido aparezca solo. Construyes con criterio, no por inercia.

Y hay algo más. A veces, cuando llegas al fondo y ves lo que de verdad buscas, te das cuenta de que ya lo tienes. O de que lo tuviste y lo dejaste de lado sin darte cuenta. Eso puede doler un momento. Pero también puede ser el principio de algo mucho más interesante que cualquier plan de acción.

¿Cuándo fue la última vez que le preguntaste a tu objetivo más importante para qué lo quieres, de verdad, hasta el fondo?